El día 12 de octubre, comienza la Semana Misionera Hospitalaria, una iniciativa que nos invita a vivir juntos el sentido de la misión y que culminará el 18 de octubre con la celebración de la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones.
Esta jornada es una ocasión para que toda la Iglesia se una en oración por los misioneros y por la fecundidad de su servicio y de su obra apostólica. Este año, la Semana Misionera Hospitalaria nos invita a vivirla desde una perspectiva especialmente significativa para nuestra familia hospitalaria: “Uno en Cristo, unidos en la misión”.
La unidad de la Iglesia nace de la comunión con Cristo y se expresa también en una misión compartida. En ella, hermanas y colaboradores estamos llamados a aportar nuestro granito de arena, poniendo nuestros dones y nuestra entrega al servicio de los demás, especialmente junto a las personas enfermas, vulnerables y necesitadas.
Junto con la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, compartimos un mismo espíritu de Hospitalidad y una llamada común a seguir a Jesús al servicio de quienes más lo necesitan.
Durante estos días, una misma oración nos acompañará para fortalecer nuestra comunión y renovar nuestro compromiso con la misión. También compartiremos testimonios de hermanas y colaboradores, que nos acercarán a diferentes experiencias y formas de vivir la Hospitalidad en el día a día. Porque, somos diferentes rostros, historias y diferentes lugares, pero una misma misión: unidos en Cristo para hacer presente la Hospitalidad.
Oración del Papa
Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura. Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza. María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la Iuz que salva. Amén.
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Día 1 – La misión nace del encuentro con Cristo
En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, el Santo Padre León XIV nos recuerda que la misión tiene su origen en la unión con Cristo:
«Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo, en la que participamos de la relación filial que Él vive con el Padre en el Espíritu Santo. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera».
Hoy nos acercamos al testimonio de nuestra hermana sor Mercedes Menéndez, que actualmente se encuentra en Timor-Leste y que, a través de su experiencia misionera en Colombia, India, Arroyomolinos (España) y Timor-Leste, ha descubierto que la misión va mucho más allá de un lugar o una tarea: es un encuentro continuo con el amor de Dios, que transforma la vida y nos impulsa a acercarnos a los demás.
En Colombia aprendió que la evangelización comienza con la escucha, la cercanía y el compartir la vida con las personas. En India, la diversidad cultural y religiosa le enseñó a vivir la misión desde la humildad, el respeto y la apertura, descubriendo a Cristo en cada persona, especialmente en quienes más sufren.
Su paso por Arroyomolinos le permitió reconocer que la misión también se hace presente en lo cotidiano: en la entrega sencilla, en la escucha atenta y en el cuidado de cada persona. Ahora, en Timor-Leste, experimenta de manera especial que servir como Cristo significa acompañar, permanecer cerca y no abandonar a quienes más necesitan apoyo.
El encuentro con las personas con enfermedad mental y sus familias le recuerda que cada gesto de acogida, cada palabra y cada pequeño servicio pueden ser expresión del amor de Dios. En esta entrega cotidiana, sor Mercedes descubre también que la misión transforma a quienes reciben los cuidados y a quienes, desde su vocación, los ofrecen.
En esta Semana Misionera Hospitalaria, su testimonio nos invita a volver a la fuente de nuestra misión: el encuentro con Cristo. Es de esa unión de donde nace la fuerza para salir al encuentro de los demás, reconocer su dignidad y hacer presente el amor de Dios a través de la hospitalidad.
Como nos recuerda Jesús en el Evangelio de Juan:
«Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, tampoco ustedes si no permanecen en mí» (Jn 15,4).
Día 2 – La misión nace del encuentro con Cristo
En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, el Santo Padre León XIV nos recuerda que la unión con Cristo es el origen de la comunión entre los creyentes y la fuente de toda fecundidad misionera. Como enseñó san Juan Pablo II, «la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión» (cf. Christifideles laici, 32).
Hoy nos acercamos al testimonio del hermano Cyrille, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, que desarrolla su misión en Tanguiéta (Benín).
Allí, la comunión se hace vida en el trabajo compartido con los colaboradores, en el respeto mutuo y en la ayuda que se brindan cada día. Unidos por un mismo propósito, trabajan para ofrecer una atención cercana a los pacientes y anunciar el Evangelio de Cristo compasivo.
Esta misión compartida va más allá del cuidado: busca reconocer, respetar y promover la dignidad de cada persona. Cada gesto de colaboración y cada muestra de apoyo contribuyen a construir una comunidad en la que todos pueden sentirse acogidos y valorados.
El testimonio del hermano Cyrille nos recuerda que la misión hospitalaria no se vive en solitario: crece cuando compartimos la vida, trabajamos unidos y ponemos nuestros dones al servicio de quienes más lo necesitan. Así, la comunión se convierte en fuerza que sostiene la misión y hace visible el amor de Cristo.
Como nos dice Jesús en el Evangelio:
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
Día 3 – Todos somos discípulos misioneros
La misión es una llamada que alcanza a cada persona bautizada y que estamos invitados a vivir desde nuestra propia vocación, historia y realidad. Así lo recuerda el papa León XIV en su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones:
«Ningún bautizado es ajeno o indiferente a la misión; todos, cada uno según su vocación y condición de vida, participan en la gran obra que Cristo confía a su Iglesia».
Hoy compartimos el testimonio de Luis Jaramillo, laico hospitalario y colaborador del Hospital Mental Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Pasto (Colombia), cuya trayectoria profesional y experiencia familiar han dado un sentido profundo a su manera de vivir la misión.
Con cerca de 36 años de ejercicio de la medicina, Luis ha recorrido un camino de aprendizaje constante. Sin embargo, su llegada al ámbito de la salud mental marcó un antes y un después en su mirada y en su práctica profesional. Allí descubrió la importancia de reconocer la dignidad de cada persona y de ofrecer una atención cercana, especialmente a quienes necesitan una mayor comprensión, acompañamiento y acogida.
Desde su vocación de médico y su compromiso como laico hospitalario, Luis ha hecho de la Hospitalidad una forma cotidiana de vivir y servir. Su experiencia le ha permitido comprobar cómo una atención basada en el respeto, la empatía y el trato profundamente humano puede contribuir al bienestar de las personas acompañadas.
Esta sensibilidad también tiene raíces en su propia historia familiar. Junto a su familia, acompaña a su hija, de 35 años, que presenta dificultades en su desarrollo y necesita apoyo permanente en su vida cotidiana. Esta experiencia ha sido para Luis una verdadera escuela de amor, paciencia y entrega, que ha enriquecido su manera de comprender la vulnerabilidad y de acercarse a cada paciente.
Así, su fe y su profesión se encuentran en una misma misión: cuidar la vida, reconocer la dignidad de cada persona y hacer de la Hospitalidad un testimonio concreto del amor de Dios. En su corazón, su mente y su labor médica, el respeto, el cariño y la empatía se integran como parte de una vocación que se renueva cada día en el encuentro con el otro.
Su testimonio nos recuerda que la misión se construye también en los gestos cotidianos, en la cercanía y en el compromiso con quienes más necesitan de nuestra presencia. Porque todos estamos llamados a ser discípulos misioneros, allí donde nuestra vocación nos lleve.
«Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación» (Marcos 16,15).
Día 4 – Hospitalidad sin fronteras
En esta jornada de la Semana Misionera Hospitalaria, las palabras del Santo Padre León XIV nos recuerdan que el amor es el corazón de toda misión:
«Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto. La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor».
Hoy nos acercamos al testimonio del hermano Henry, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, cuya vocación se hace vida en el encuentro cotidiano con cada persona.
En ese encuentro descubre que la unidad da sentido a la misión y que la esencia de la Hospitalidad está en amar, acoger y acompañar a cada persona reconociendo su dignidad.
La Buena Nueva se hace presente en gestos concretos: una mirada que reconoce, una presencia que acompaña y un cuidado que devuelve esperanza. Así, la Hospitalidad se convierte en una entrega que nace del corazón y pone a la persona en el centro.
Para el hermano Henry, hacer de cada experiencia de dolor una oportunidad para amar es vivir la esencia de la misión hospitalaria: llevar el amor de Cristo allí donde más se necesita, sin fronteras y con el corazón abierto a cada persona.
«Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21).
Día 5 – Servir como Cristo
En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, el Santo Padre León XIV nos invita a recordar que la misión evangelizadora nace del amor de Cristo y se sostiene en Él.
«El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14). Impulsados por este amor, los apóstoles anunciaron el Evangelio y, a lo largo de los siglos, innumerables cristianos, mártires, confesores y misioneros han entregado su vida para dar a conocer al mundo el amor de Dios. Así, bajo la guía del Espíritu Santo, la misión de la Iglesia continúa hasta el fin de los tiempos.
Hoy nos acercamos al testimonio de sor Josefina Serrano, que ha vivido su misión hospitalaria en distintos lugares y culturas, descubriendo en cada experiencia nuevas formas de encarnar el Evangelio de la misericordia.
«Solo el amor de Jesús nos lleva a la misión», comparte sor Josefina. Es ese amor el que nos impulsa a servir y a hacer presente la misericordia de Dios allí donde somos enviadas. Cada lugar, cada encuentro y cada persona se convierten en una oportunidad para aprender y crecer en la vocación hospitalaria.
En Filipinas, su experiencia junto a las personas atendidas en la unidad psiquiátrica del Hospital de Cebú dejó una huella profunda en su vida. Allí experimentó de manera especial la compasión de Dios y descubrió con mayor hondura el sentido de su misión como Hospitalaria. Vivió auténticos signos de misericordia, encontró una alegría vocacional única y, aun en medio de las dificultades, aprendió de sus hermanas y de la sencillez de las personas con quienes compartía el camino.
En India, fueron muchos los años de vida compartida que enriquecieron su corazón de esperanza y gratitud. El encuentro con las primeras hermanas y la convivencia con tantas otras, de quienes recibió valiosas enseñanzas, marcaron profundamente su recorrido. De ellas conserva el recuerdo agradecido de su alegría, su valentía y su confianza.
Al mirar hacia atrás y recorrer los distintos lugares donde ha servido, sor Josefina reconoce a Jesús como el verdadero protagonista de su camino misionero. Su amor fiel e incondicional ha sostenido sus fragilidades y renovado cada día su deseo de corresponder a ese amor, acogiendo la misión como un don y haciendo de la Hospitalidad una forma concreta de vivir el Evangelio.
Servir como Cristo es, en definitiva, dejarse transformar por su amor para llevarlo a cada encuentro, especialmente allí donde la fragilidad humana necesita cercanía, compasión y esperanza.
«Les he dado ejemplo, para que hagan ustedes lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15).
Día 6 – Caminar juntos
En este penúltimo día de la Semana Misionera Hospitalaria, nos detenemos a reflexionar sobre el mensaje del Santo Padre León XIV para la Jornada Mundial de las Misiones, que nos recuerda que la misión es una tarea compartida, a la que todos estamos llamados a contribuir:
«Al admirar a los misioneros y misioneras, hago un llamamiento especial a toda la Iglesia: unámonos todos a ellos en la misión evangelizadora mediante el testimonio de la vida en Cristo, la oración y la contribución a las misiones… comprometámonos todos a contribuir, cada uno según su vocación y los dones recibidos, a la gran misión evangelizadora, que es siempre obra del amor».
Hoy compartimos el testimonio de dos miembros de nuestra Familia Hospitalaria: sor Isabel Martins, de las Hermanas Hospitalarias, y el hermano Arockia, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Dos vocaciones distintas, un mismo camino: caminar junto a los demás y ser testigos del amor de Dios.
A lo largo de su camino vocacional, sor Isabel ha descubierto que podemos ser misioneros allí donde la vida nos lleve. Aquel «lejos» con el que tanto soñaba se ha transformado en el deseo de estar cada vez más cerca de Dios y de nuestros hermanos y hermanas, dando testimonio del amor misericordioso de Jesús, especialmente junto a quienes más lo necesitan.
Para el hermano Arockia, su vocación como Hermano de San Juan de Dios significa seguir las huellas de Jesucristo, quien nos enseñó a vivir la misericordia y la compasión. Inspirado también en el ejemplo de san Juan de Dios, vive la caridad como una forma de misión, poniéndose al servicio de los enfermos, las personas pobres y necesitadas, y de todos aquellos que atraviesan situaciones de vulnerabilidad.
Sus testimonios nos recuerdan que caminar juntos en la misión es poner nuestros dones al servicio de los demás, allí donde nos encontremos, haciendo presente el amor de Dios a través de gestos concretos de entrega, cuidado y fraternidad.
«Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios». (1 Pe 4,10)