Geovanna tenía solo cinco años cuando la fragilidad irrumpió trágicamente en su vida. Mientras cuidaba un rebaño en Ocongate, en la escarpada provincia de Cuzco (Perú), el derrumbe de un muro de piedra le provocó un gravísimo traumatismo cerebral. Tras un duro traslado de 36 horas entre caballo y autobús, llegó al hospital prácticamente en estado vegetativo.
Después de varios meses, cuando los médicos apenas confiaban en su recuperación y sus padres biológicos, sin recursos, tuvieron que renunciar a la patria potestad, Geovanna fue trasladada al Hogar Clínica San Juan de Dios de Cuzco. Y fue allí donde la providencia le tenía preparado un encuentro que cambiaría su historia. En el centro se encontraban Julián y Filo, dos jóvenes misioneros españoles que, al estilo del Buen Samaritano, decidieron no pasar de largo ante su extrema vulnerabilidad: la miraron, se dejaron conmover y actuaron.
Un día, mientras Filo alimentaba a la pequeña, le hizo un gesto divertido y Geovanna respondió con una carcajada. Ese instante, bautizado como «el despertar de Geovanna», marcó el inicio de un vínculo inquebrantable. Cuando aparecieron fuertes convulsiones que no podían tratarse en Perú, Julián y Filo lo tuvieron claro: se revistieron de entrañas de misericordia y decidieron brindarle una acogida incondicional haciéndola parte de su familia. A través del programa peruano «Ángeles que aguardan», lograron traerla a España en 2006 para ofrecerle el tratamiento que necesitaba.
Hoy, a sus 28 años, las graves secuelas le impiden caminar o hablar, pero Geovanna irradia la dignidad inviolable propia de toda persona. Se comunica a través de la mirada, las sonrisas y los gestos, siendo el verdadero centro de su hogar. Sus hermanos —Clara, Alba, Andrés y Gloria— han crecido integrándola plenamente, aprendiendo que cuidar la vida frágil transforma el corazón.
Julián y Filo destacan hoy el valor incalculable de la atención recibida y la labor fundamental de instituciones como la Orden de San Juan de Dios y las Hermanas Hospitalarias. Una obra que demuestra que, al unir ciencia y caridad, asistencia médica y humanidad, es posible devolver la esperanza a quienes más lo necesitan. Para su familia, Geovanna no es su enfermedad, es un auténtico regalo.