Cuaresma: caminar con Jesús desde el corazón que acoge

Con el Miércoles de Ceniza iniciamos un nuevo tiempo de gracia. La Iglesia nos invita a recorrer, junto a Jesús, cuarenta días de desierto, de silencio, de escucha y de conversión.

En esto, es importante resaltar que la conversión no es solo una decisión moral ni un esfuerzo voluntarista por “hacer mejor las cosas”. Es, ante todo, una elección de fe: dejarnos encontrar nuevamente por Jesús, entrar en comunión con Él y permitir que su amor transforme nuestra vida.

Dicho de otra manera, la Cuaresma nos invita a volver al centro, a lo esencial. Nos llama a reordenar el corazón, a reconocer nuestras fragilidades y a confiar, una vez más, en la misericordia infinita de Dios.

Contemplamos a Jesús, quien entra en el desierto para escuchar al Padre, para discernir, para fortalecer su corazón antes de la misión. Nosotras estamos llamadas a acompañarlo, no desde la distancia, sino desde la vida concreta.

Desde el carisma hospitalario, el desierto puede transformarse en un espacio donde aprendemos a escuchar más profundamente el clamor del otro, reconocer nuestras propias pobrezas y límites, abrir el corazón para acompañar.

La tradición de la Iglesia nos propone tres caminos concretos para vivir la Cuaresma: ayuno, oración y caridad. Vividos desde la hospitalidad, se transforman en gestos profundamente evangélicos:

  • El ayuno puede ser aprender a desprendernos de lo que endurece el corazón: la indiferencia, la prisa, el juicio, la autosuficiencia. Es crear espacio interior para que el otro tenga lugar.
  • La oración es volver una y otra vez al Corazón de Jesús, fuente de paz y misericordia: es dejarnos mirar por Él, descansar en su presencia y renovar la fuerza para servir con alegría.
  • La caridad se expresa en la hospitalidad cotidiana: en la acogida respetuosa, en la escucha atenta, en el acompañamiento paciente, en el cuidado integral de cada persona, especialmente de las más frágiles y vulnerables.

Que este tiempo sea una oportunidad para volver al Corazón de Jesús, nuestro modelo y nuestro todo.Que, desde Él, podamos renovar nuestra vocación hospitalaria y hacer de cada gesto, de cada encuentro y de cada servicio, un espacio donde otros puedan experimentar la misericordia de Dios.

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